Una paleta que construye atmósfera
La colección se articuló en torno a una gama de tonos tierra —marrón profundo, camel, caramelo, chocolate y matices oscuros casi quemados— que definieron una narrativa visual coherente y envolvente. Lejos de funcionar como simples neutros, estos colores construyeron una atmósfera cálida y sofisticada que recorrió toda la pasarela.
El uso del monocromo y las superposiciones permitió que cada look ganara profundidad. Las variaciones sutiles dentro de una misma gama cromática reforzaron la idea de elegancia contenida, donde el impacto no proviene del contraste extremo sino de la armonía.





Textura, estructura y romanticismo
Abrigos largos de líneas definidas, blazers entallados, capas envolventes y vestidos fluidos consolidaron la identidad histórica de la casa. La sastrería se presentó firme pero no rígida, con siluetas que equilibraron estructura y movimiento.
Terciopelo oscuro, lana compacta y tweed clásico aportaron peso visual y dimensión táctil. Los detalles metálicos —cinturones, broches y herrajes discretos— introdujeron un contraste sutil que actualizó la propuesta sin alterar su esencia romántica.





Herencia americana con mirada actual
Sin abandonar su ADN, Ralph Lauren reafirmó su lenguaje estético: sofisticación serena, referencias ecuestres y una elegancia profundamente ligada a la tradición americana. La colección no buscó reinventar la marca, sino reafirmar su legado desde una sensibilidad contemporánea.
El resultado fue una propuesta sólida y coherente, donde cada pieza dialoga con la historia de la casa mientras proyecta una visión actual del lujo clásico.
.png)
.png)
.png)