Una columna para las mujeres que aman la moda
Hay quienes dicen que la moda es superficial.
Que es tela, tendencia, consumo.
Pero las mujeres que aman la moda saben que es algo mucho más profundo.
Vestirse es elegir.
Y elegir es ejercer poder.
Desde que somos muy chicas entendemos que la ropa no es solo abrigo: es identidad. Es juego, es transformación, es lenguaje silencioso. Es la posibilidad de decidir quién somos ese día antes de que el mundo nos nombre.
La moda, históricamente, fue un espacio donde las mujeres encontraron expresión cuando otros territorios estaban cerrados. Mientras la política, la economía y la academia eran mundos dominados por hombres, el vestir se convirtió en un territorio donde construir narrativa propia.
No es casualidad que algunos de los momentos más revolucionarios del siglo XX hayan pasado por el armario femenino: el traje sastre que desafiaba códigos masculinos, el pantalón que rompía normas sociales, la minifalda que cuestionaba moralidades, el esmoquin que redefinía el poder.
Cada prenda fue un gesto.
Amar la moda no es amar la superficie.
Es amar la posibilidad de reinventarse.
Es entender que un vestido puede darte seguridad en una reunión importante.
Que un blazer puede hacerte sentir invencible.
Que unos stilettos pueden elevar algo más que centímetros.
Que un look puede ser armadura y declaración al mismo tiempo.
La moda también es memoria.
Es herencia silenciosa. Son gestos que pasan de generación en generación, objetos que guardan historias, prendas que marcan etapas. Es identidad construida a través del tiempo, detalles que no se olvidan.
Y sí, también es placer.
El placer de combinar, de crear, de probar, de equivocarse y volver a empezar. El placer de mirarte al espejo y reconocerte.
En un mundo que constantemente le dice a las mujeres cómo deberían verse, amar la moda es recuperar el derecho a decidir cómo queremos mostrarnos.
No se trata de tendencias.
No se trata de lujo.
No se trata de marcas.
Se trata de intención.
Porque cuando una mujer se viste con intención, no solo se arregla: se posiciona.
Y cuando se posiciona, el mundo la mira diferente.
Pero, sobre todo, ella se siente diferente.
A las mujeres que aman la moda: sigan jugando, sigan creando, sigan expresándose.
La ropa no es frívola cuando es herramienta.
Es una declaración silenciosa.
Es una forma de ocupar espacio.
Y ocupar espacio, siempre, es revolucionario.
Quizá por eso, en esta revista entendemos la moda como algo más que tendencia. La entendemos como cultura, como lenguaje y como territorio de expresión femenina. Como un espacio donde el estilo no es imposición, sino elección.
Porque vestirse no es solo mostrarse.
Es decir quién somos.

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